En este artículo dedicado a la crítica del cartel de Semana Santa de Sevilla me doy el gusto de cantarle cuatro frescas a los resabiados (incluido Juan Manuel de Prada) que, tras el rechazo a esta imagen de un Cristo resucitado, sólo ven la presunta ignorancia cerril de un sector de católicos casposos incapaces de entender que estamos «en pleno siglo XXI». Empezaré triturando el argumento ofrecido por el propio artista, tópico al que se han acogido múltiples comentaristas del fenómeno: «Si alguien ve en mi cuadro algo sucio, es su propia suciedad interna la que está proyectando en el cuadro».
Pues no señor, el fuerte rechazo que está generando este cartel se asienta en razones objetivas, no meramente subjetivas, como si dijéramos que las personas que expresan su malestar lo hacen por ser unos reaccionarios retardatarios, pobres analfabetos cargados de prejuicios oscurantistas y podridos de homofobia y de malos sentimientos.









