En efecto, España no tenía colonias, sino virreinatos

En efecto, España no tenía colonias, sino virreinato

Y tiene razón. El problema de quienes se escandalizan ante estas declaraciones es que son incapaces de distinguir entre los diferentes modelos de imperio que han funcionado a lo largo de la historia: no todos los imperios son iguales, pues no es lo mismo el Imperio de Alejandro Magno que el Congo belga.

Si ponemos el foco en el Imperio inglés que llegó a la costa este de América del Norte en el siglo XVI, observamos claramente que su intención no era educar a los indígenas para elevarlos a la cultura inglesa, sino exterminarlos y sustituirlos por colonos. Más adelante, con la doctrina del Destino Manifiesto y con la Doctrina Monroe, la norma expansionista de las Trece Colonias hacia el oeste era americanizar el suelo, pero no a los hombres: americanizar en sentido WASP, como destino manifiesto de la raza blanca, anglosajona y protestante frente a mejicanos, indios y negros (también frente a irlandeses, italianos y chinos).

Pero es que no todos los imperios se han comportado de esta manera. No lo hizo el Imperio de Alejandro Magno, ni el romano, ni el español, ni la URSS. El objetivo de estos Imperios fue elevar políticamente a las sociedades que iban incorporando, situándolas al mismo nivel que el Estado de donde surgía el Imperio. El caso de Roma es paradigmático: las provincias romanas —Hispania, por ejemplo— no eran colonias en el sentido abrasivo que dicho término adquirió en el siglo XIX: Hispania era Roma.

Por su parte, el Imperio de Alejandro Magno asumió el helenismo como una categoría que envolvía todas las operaciones imperiales: generación de ciudades, mestizaje, instituciones culturales, etc. La categoría del helenismo que impulsó el ortograma generador del Imperio de Alejandro Magno, puede ponerse en correspondencia con la Idea de Hispanidad, que es la que empujó los planes y programas políticos del Imperio español. Es justo lo contrario de lo que sucedió con el Imperio inglés en América del Norte o con el Imperio británico en la India y si la gente no sabe esto, que se pregunte por qué.

Lo primero que define a Roma es que, allá donde llega, se replica a sí misma. No se limita a establecer colonias o factorías en las zonas de costa para explotar los recursos y la mano de obra esclava para fijar una actividad económica provechosa únicamente para la metrópoli, sino que reproduce sus propias infraestructuras, sus instituciones, y emprende de forma sistemática la labor civilizatoria integrando y no excluyendo a las poblaciones nativas.

Del mismo modo que Roma realiza injertos de sí misma en los nuevos territorios conquistados, inaugurando ciudades, construyendo acueductos, baños públicos y calzadas, así España levanta ciudades, abre universidades, instaura cabildos, funda hospitales, bibliotecas, imprentas, editoriales, extensas vías de comunicación con caminos reales por todo el continente americano, escuelas, catedrales, monasterios, audiencias, periódicos, diccionarios en lenguas indígenas y grafías.

Por cierto, la Monarquía Hispánica no puso en duda que las culturas que se encontraron en América eran muy avanzadas y los teólogos y juristas españoles del siglo XVI reconocieron la racionalidad del indio, lo que supuso el reconocimiento también de sus derechos, entre otros, el de ser hombres libres, hijos de Dios, «personas» y no seres infrahumanos, propietarios de sus tierras. ¿Por qué ha dejado de estudiarse esto en las escuelas? ¿No les pica la curiosidad?

En definitiva, la acción que acomete España en los territorios americanos responde a un injerto de yemas vivas en una amalgama de culturas vivas, mientras que en América del Norte se llevó a cabo más bien un trasplante, una sustitución, que excluyó a las poblaciones autóctonas. Durante los siglos que permaneció en pie el Imperio español, se aplicaba en la América española el impuesto llamado quinto real, que correspondía al veinte por ciento de la riqueza metálica obtenida en las provincias americanas, que no eran colonias, sino provincias. O sea, el Virreinato de la Nueva España era España, de igual modo que la Hispania romana era Roma. Lo que sobraba del quinto real, es decir, el 80 % de lo conseguido, se quedaba en los mismos territorios americanos para construir caminos seguros, ciudades, hospitales, universidades, etc. Con la llegada de los Borbones, dicho impuesto se reduce al 10% y, más tarde, al 8 %. Y, por cierto, buena parte de este oro y de esta plata caía en manos de los piratas ingleses en el Atlántico, de manera que si alguien exige la devolución de ese oro, ya puede empezar a mandar whatsapp al Palacio de Buckingham.

Tampoco estará de más recordar que durante los últimos 20 años, las empresas mineras canadienses han extraído de Méjico cinco veces más oro que el que se extrajo durante los 300 años del periodo virreinal y que las enormes ganancias de esta explotación contrastan con su ínfima contribución al bien público: escasos empleos y reducidos impuestos. Por ejemplo, en el año 2019, los ingresos fiscales de la extracción de minerales metálicos y no metálicos representaron apenas el 0.13% de la recaudación total del gobierno federal mejicano por actividad económica; en 2020 aportó el 0.32% y en 2021 el 0.97%. Las empresas canadienses no se limitan al oro, tiene presencia en la extracción de todos los tipos de metales, como por ejemplo en la plata, metal del cual Méjico es el mayor productor mundial. En Méjico, alrededor del 75% de las concesiones mineras fueron a parar a manos extranjeras, la mayoría canadienses. ¿Por qué no denuncian esta situación ante sus respectivos gobiernos? ¿Por qué siguen culpando a España de todos sus males presentes y futuros?

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