Fortunata y Jacinta, por Benito Pérez Galdós en 1887

Hoy vengo a recomendarles la lectura (o re-lectura) de una de las grandes obras escritas en lengua española: «Fortunata y Jacinta», firmada por Benito Pérez Galdós en 1887. Todo el lenguaje castizo que aparece en mis programas está entresacado de los deliciosos diálogos construidos por Galdós y para muestra un botón. Forja 022 (2019): «Ilustración francesa, racismo científico y América», que así empieza: No sé si saben ustedes de dónde surgió el título de este programa (el título original de mi canal en YouTube era «¡Qué m… de país»). Pues verán, una tarde arrimose Fortunata a mi escritorio y esparciendo una sonrisa inefable que parecía una bendición soltó: —¡Eureka! ¡Qué m… de país! Yo al principio me quedé como una pava, pero inmediatamente la agarré por el brazo y le espeté en tono profético: —¡Tarambana! ¡Cómo que qué m… de país! ¡Como te trinquen te llevan a la Modelo, insensata! Entonces ella, que es una atleta del pensamiento, me explicó lo de Juan Goytisolo. ¿Saben ustedes? Uno de los más depurados ejemplos de hispanofobia de toda la literatura española. Se entretenía mucho este lechuzo diciendo que España era un país de mierda y que si vaya mierda de país y, entre componenda y componenda, va el Gobierno de España y le otorga el Premio Cervantes. Un gobierno, por cierto, del PP, para que vean ustedes cómo anda el patio. Y por eso se le ocurrió a Fortunata aquello de «¡Qué m… de país!», para ver si podíamos plantar unas buenas barricadas en YouTube, empezar a desautomatizar la «mierda» de marras de Goytisolo y poner en su lugar otras ideas menos perniciosas como, por ejemplo, la idea de milagro, maraca, maravilla o, qué sé yo. Fortunata, desde entonces, trae al retortero a media vecindad: uno la tildó ayer de criptofranquista y otro señor muy agradable la llamó rata eclesiástica. Pero aquí sigue la tunanta empeñada en demoler esa idea de una España impresentable, mostrenca y cerril que decía Goytisolo: una España sin Renacimiento, ni Reforma, ni Ilustración, ni ciencia, ni Revolución Industrial, ni progreso, ni filósofos, ni Mayo del 68, ni reloj de cuco, ni fish and chips, ni inglés, nada de nada. —¡Qué vergüenza, copón! ¡Qué vergüenza! Que sujetos de tanta autoridad me comparen el Virreinato de la Nueva España con el Congo belga me pone a hervir la sangre en deseos de revancha. ¡Váyanse ustedes a fundar su propio Imperio, a ver si se les pasa la trinquetada, y luego funden su propio canal de YouTube! —¡Pero qué española es! —Sí, señora. Yo, como Unamuno, soy española hasta de profesión y oficio. ¡Ay, si yo fuera ministra! —Habla con la inspiración de un apóstol y la audacia criminal de un anarquista. —¡Atención, gobernanta, que no he terminado! Por si alguno no se ha enterado todavía, cuando aquí ponemos verdes, pongamos por caso, a los ilustrados franceses nos dirigimos a Fulano de Tal o a Mengano de Cual, no condenamos a los franceses en bloque. Cosa que sí hace la Leyenda negra, condenar sistemáticamente a todos los españoles, los que fueron, los que somos y los que serán. —Pero hija de mis entrañas, qué despachaderas tienes. ¡Bravo! ¡Bravo! Este capítulo nos va a servir para observar cómo funciona la dialéctica de Estados y, superando a este, la dialéctica de Imperios. Expliquemos esto brevemente. Y ahí ya empezaba el análisis.

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