El obispo de Canarias dice que "a mucha gente habría que meterla 5 días en un cayuco sin comer" para que se ponga en el lugar de los migrantes": "Si se quiere ser cristiano, y no solo cristiano, si se quiere ser humano, hay que atender a los migrantes" https://t.co/2v0IW6fnyw
— Europa Press (@europapress) April 22, 2026
Lo más grave de este testimonio está pasando desapercibido:
«Si se quiere ser cristiano, y no solo cristiano, si se quiere ser humano, hay que atender a los migrantes».
¿Cómo puede decir un obispo semejante barbaridad? Primero, hablar de “lo humano” es una abstracción vacía. La ética (“hay que atender a los migrantes”), no puede desligarse de la política (individuos que salen de un Estado —emigrantes— para entrar en otro —inmigrantes—) y por tanto no puede desvincularse de la prudencia, ya que es una obligación absoluta de los gobernantes considerar conflictos reales: gestión de fronteras, recursos, leyes, empleo, seguridad, cohesión social, normas morales en colisión, etc.
Segundo, ese tipo de consignas desactivan la crítica al sugerir que quien no está de acuerdo “no es humano”, o sea que no es buena persona. Que un obispo suelte eso es muy grave.
Tercero, el obispo llama a “ser humano y no sólo cristiano” y esto ya es el acabose… La tradición católica es absolutamente contraria a ese humanismo secular que presenta lo “humano” como criterio supremo, casi autosuficiente, POR ENCIMA de la referencia a Dios y a la verdad revelada.
Señor obispo, el cristianismo introduce un fin último más alto, un orden sobrenatural (vida en Cristo) que es lo que dignifica, eleva y da plenitud a esa naturaleza humana, así que es justo lo contrario de lo que usted afirma: no se trata de “ser humanos y no sólo cristianos”, sino de ser CRISTIANOS y no sólo humanos (Homo sapiens).
Es más, se trata de ser ESPAÑOLES CATÓLICOS.
Conviértase, evangelice o renuncie a su cargo, señor obispo.









3 comentarios en “Señor Obispo, conviértase o dimita”
¿Cómo es, que «lo humano» es una «abstracción vacía», pero «prudencia», «verdad reveladora» u «orden sobrenatural» son entes sustanciales? Cuando caminamos por la calle, la playa, o un parque nunca nos encontramos «lo humano», pero tampoco los otros conceptos abstractos. Ni siquiera se tropieza uno con abstracciones menores, como una preposición o un adverbio. Uno puede decir; en un libro hay preposiciones y adverbios. Pero no es cierto literalmente; sólo hay papel manchado de tinta. Lo mismo con lo humano, la verdad o Dios. No son entes de la realidad fuera de la mente; son construcciones mentales. Son abstracciones vacías, tan vacías como si escribiésemos un libro entero en un alfabeto inventado y palabras improvisadas sin sentido, pero con una estructura sintáctica propia del lenguaje verbal. Como el manuscrito Voynick ése. Es una trampa que nos hacemos, el tomar unas experiencias mentales como mentales o lingüísticas, y otras como literales o físicas. Es como si al jugar un videojuego, creyéramos que unas cosas que salen son reales y otras no. Nada que podamos pensar es «real» en el sentido de ser algo más que experiencias mentales. El color rojo no existe, el color ultravioleta que ven las aves, abejas o reptiles no existe. Es decir, existe en nuestra mente; pero no «ahí fuera». De este modo, todo es una «abstracción vacía» en sí misma, por eso necesitamos que el lenguaje esté en un contexto físico o material «en el espaciotiempo» para que realmente signifique, o comunique, realidad. Si esta forma de entender el lenguaje y el pensamiento que acabo de describir resulta inadecuada, podemos seguir con Tomás de Aquino y San Agustín. Pero si encontráramos que resuena con lo que estamos experimentando en la sociedad y en nosotros, convendría replantearse algunas cosas.
«Se trata de ser «españoles católicos». Mire, yo tengo dos apellidos que están entre los caballeros que lucharon en la batalla de las Navas de Tolosa y en la toma de Granada. Mis ancestros se remontan miles de años sobre esta tierra peninsular. Mi raza -uy, he dicho raza- está en este continente desde hace ocho mil años. Los hispanos somos parte del acerbo de esa raza -otra vez he dicho raza, tendré que ir a confesarme-, y por eso un español se parece más a un iraní que a un marroquí. En su genotipo, fenotipo y espiritualidad. Claro, tenemos un origen común racial y cultural. Al comienzo de la Reconquista, los hispanos fuimos llamados algo parecido a españoles; queriendo decir con eso, hermanos de raza que resisten a los musulmanes y nos ayudan a veces, en el Norte de Hispania y la Marca Hispánica. Y nos convirtieron al catolicismo, porque era una forma de organizarnos contra los enemigos comunes: musulmanes, mongoles, piratas vikingos, el hambre y la enfermedad. Pero adviértase que los hispanos existíamos antes de ser españoles, y de ser católicos. No entiendo por qué no nos está permitido sobrevivir al fin del catolicismo y de España con Ñ; es como si lo sobrevenido fuese lo único importante, porque es cultural. La cultura, -o realidades codificadas de forma simbólica y lingüística-, es sólo un estrato al servicio de los más fundamentales. Identificarnos como «católicos españoles» hará que muera el árbol cuando se desquebraje la maceta, en lugar de agarrar en el suelo.
Obviamente identificarse como católicos estaría vacío de realidad si no se es realmente católico. Y ser católico es recibir la fe que es un don de Dios. Ser católico no es una identificación cultural o social. Un ateo que “cree” otra cosa menos en la obviedad de la existencia de un Creador no puede con sus premisas entender lo que es ser católico; porque ha rechazado el don de Dios, y porque ha rechazado que exista una Verdad conogscible humanamente (limitadamente), antes de que exista el ser humano.